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Crónica de una muerte anunciada (digital)

Todos tenemos un cementerio privado. El mío no tiene lápidas, tiene carpetas.

Está escondido en las profundidades de mi disco duro y está lleno de obras maestras inconclusas: proyectos que nacieron con la fuerza de un huracán un viernes por la noche y murieron en silencio dos semanas después, sin haber tocado nunca el mercado.

No fallaron por falta de presupuesto, ni por falta de talento, ni porque la competencia fuera feroz. Fallaron porque mi propio sistema operativo mental los asesinó desde adentro.

Esta es la autopsia detallada, día por día, de cómo saboteé una idea perfectamente viable.

Es la anatomía de un ciclo tóxico que he repetido cien veces y que, me temo, tú también conoces demasiado bien.

La euforia del lienzo en blanco

Todo empezó hace exactamente 28 días. Era viernes por la noche. Una idea que llevaba meses rondándome la cabeza de repente hizo "clic". No era solo una idea; se sentía como La Idea. Esa pieza que finalmente encaja y hace que todo tenga sentido.

La dopamina me golpeó con la fuerza de un tren de carga. Sentí esa claridad maníaca, casi peligrosa, donde todo parece posible y los obstáculos del mundo real se ven diminutos, irrelevantes.

Cancelé mis planes de fin de semana. Me encerré en mi oficina. Necesitaba "preparar el terreno".

Compré el dominio. Por supuesto que lo compré; es mi ritual de iniciación favorito, el equivalente digital a romper una botella de champán contra un barco que aún no existe. Luego, pasé seis horas seguidas configurando un nuevo espacio de trabajo en Notion. Creé bases de datos, vinculé páginas, diseñé un sistema de etiquetas con códigos de colores estéticamente perfectos.

Me sentía como un arquitecto diseñando los planos de una catedral. Cada checkbox que creaba, cada carpeta que organizaba, me daba una satisfacción profunda.

Mi cerebro interpretaba toda esta actividad logística como progreso real.

El domingo por la noche, me fui a dormir agotado pero eufórico. Mi sistema estaba listo. Mi plan era impecable sobre el papel. En mi cabeza, el proyecto ya estaba prácticamente terminado y era un éxito rotundo. Estaba enamorado de la pureza del inicio, drogado con el potencial de lo que podría ser, felizmente ignorante de que no había puesto ni un solo ladrillo real.

Estaba en la cima de la montaña rusa, justo antes de la caída.

El descenso a la obra

El lunes llegó con la sutileza de un baldado de agua helada.

Cuando abrí los ojos esa mañana, la euforia del fin de semana se había evaporado. El "arquitecto visionario" del domingo ya no estaba; ahora me tocaba ser el "albañil". Y resulta que mi cerebro odia ser albañil.

Me senté frente al computador con mi café. Abrí el sistema de Notion que había diseñado con tanto esmero. Se veía hermoso, organizado, perfecto... y vacío. Los espacios en blanco me miraban fijamente, exigiendo ser llenados con trabajo real, sucio y difícil.

Ahí sentí el primer golpe de resistencia física. Una opresión en el pecho.

El plan decía: "Escribir primer borrador del guion". Una tarea simple. Pero mi mente empezó a negociar inmediatamente.

—"¿Realmente estamos listos para escribir? No querrás escribir basura. Deberíamos investigar un poco más sobre la estructura narrativa primero"— me susurró mi propia inseguridad disfrazada de prudencia.

Sonó lógico. Así que, en lugar de escribir la primera línea, abrí Google.

"Mejores estructuras para guiones de venta 2024".

Dos horas después, tenía siete artículos abiertos, tres videos de YouTube en la lista de espera y estaba tomando notas en un cuaderno nuevo. Me sentía ocupado. Me sentía diligente. Estaba "nutriendo" el proyecto.

Pero en el fondo, sabía la verdad: estaba huyendo.

Estaba evitando el momento de colapsar la onda de probabilidad. Mientras solo investigara, mi guion seguía siendo potencialmente brillante. En el momento en que escribiera la primera palabra, se convertiría en algo real, y por lo tanto, imperfecto y criticable.

Terminó el día. Cerré la computadora con la sensación de haber trabajado mucho. Mi sistema de Notion seguía igual de vacío que por la mañana, pero mi historial de navegación estaba lleno.

Me fui a dormir con una ligera culpa, prometiéndome que mañana sí empezaría la construcción real.

"Hoy fue día de investigación", me dije. Mentira. Hoy fue día de miedo.

El pantano de la complejidad

Para el miércoles, el proyecto ya no era una aventura excitante; era una obligación pendiente. La dopamina se había secado por completo y solo quedaba el residuo pegajoso de la fricción.

Logré escribir tres párrafos mediocres. Los leí, los borré y sentí una punzada de pánico. "Esto no es lo suficientemente bueno", pensé. "El problema es que estoy intentando vender esto sin una plataforma sólida".

Y ahí, mi cerebro encontró la salida de emergencia perfecta: La Complejidad.

Me convencí de que no podía simplemente enviar un PDF y cobrar por PayPal. Eso era "amateur". Mi ego me dijo que necesitaba una experiencia de usuario. Necesitaba una landing page dinámica, una automatización de correos en ActiveCampaign y, por supuesto, un logotipo decente.

"Si vamos a hacerlo, hagámoslo bien desde el principio"— me dije. Esa frase es la mentira más letal del vocabulario emprendedor.

Pasé los siguientes dos días construyendo un laberinto tecnológico. Conecté Zapier con Google Sheets, peleé con el código CSS de la página web y diseñé tres versiones del logo en Canva. Estaba sudando, estaba estresado, estaba trabajando 10 horas al día.

Desde fuera, parecía un emprendedor obsesionado con la calidad.

Desde dentro, era un cobarde escondiéndose detrás de la técnica.

Estaba inflando el alcance del proyecto (Scope Creep) a propósito. Inconscientemente, sabía que mientras más complejo hiciera el sistema, más lejos estaba la fecha de lanzamiento. Y si el lanzamiento está lejos, el juicio público también lo está.

La complejidad se convirtió en mi búnker. Me sentía seguro entre integraciones y plugins. Allí nadie podía decirme que mi idea era mala. Allí yo tenía el control.

Llegó el viernes por la tarde. Tenía una web a medio montar, una automatización que no funcionaba y el guion original —lo único que realmente importaba— seguía con la página en blanco. Había gastado una semana entera cavando un hoyo sofisticado y me había metido dentro.

Estaba agotado, pero no había avanzado ni un milímetro hacia la venta de algo.

La infidelidad intelectual

El segundo lunes fue diferente. Ya no había miedo, ni siquiera estrés por la complejidad. Lo que había era algo peor: Desprecio.

Abrí el proyecto y lo miré con asco.

De repente, esa idea que hace 10 días parecía "La Idea del Millón", ahora se veía llena de agujeros. Noté que el mercado estaba saturado. Pensé que el margen de ganancia sería muy bajo. Me convencí de que el enfoque estaba equivocado desde la base.

Mi cerebro, experto en sabotaje, había empezado a construir argumentos en contra de mi propio trabajo para justificar el abandono.

Y justo en ese momento de debilidad, sucedió.

Estaba haciendo scroll en Twitter "para despejar la mente" y leí un hilo sobre un modelo de negocio totalmente distinto. Algo simple. Algo fresco. Algo que requiriera menos configuración técnica y más... novedad.

Sentí esa chispa familiar en el estómago. La misma que sentí hace 10 días.

"Esto sí es"— susurró mi mente. —"El problema no eres tú, es que el proyecto anterior era demasiado complicado. Este nuevo enfoque es más limpio. Es más tú".

Fue una seducción instantánea. Una infidelidad intelectual en toda regla.

Empecé a coquetear con la nueva idea. "Solo voy a investigar un poco para ver si es viable", me mentí. Cerré las pestañas del proyecto actual (que ahora se sentía pesado como el plomo) y abrí una pestaña nueva en blanco.

La sensación de alivio fue inmediata. La presión en el pecho desapareció. Volvía a estar en la fase de "Ideación", mi zona segura, donde todo es perfecto y nada duele.

Pasé la tarde dibujando esquemas para la Nueva Gran Cosa. Me sentí renovado, lleno de energía otra vez. Ignoré por completo el hecho de que acababa de dejar una obra maestra inconclusa —con dominio comprado, web a medias y logo diseñado— pudriéndose en mi disco duro.

No lo vi como un fracaso. Lo re-etiqueté convenientemente como un "pivote estratégico". Me dije que estaba siendo inteligente al cambiar de rumbo. Pero en el fondo, la fría realidad era otra: no estaba pivotando, estaba huyendo. Había chocado con la barrera del aburrimiento y, en lugar de atravesarla, di la vuelta para buscar otra montaña rusa.

El ciclo se había reiniciado. Y yo, ingenuamente, creía que esta vez sería diferente.